jueves, 25 de octubre de 2012

Discurso


Escojo libros de los estantes de mi biblioteca personal buscando el discurso exacto que ha tomado mi inercia. Necesito palabras que rellenen el formulario que me entrega este desconcertante abandono. Pero voy de una página a otra, infructuosamente, mientras la luz del atardecer va desapareciendo desde la esfera superior del tiempo. De conseguir suficiente concentración podría escuchar, incluso, el sonido de la arena deslizándose entre la estrechez del vidrio del horizonte y como sorbe, poco a poco, la claridad que va perdiendo la jornada.

miércoles, 24 de octubre de 2012

Decadencia

Lo único que ha cambiado insólitamente en mi estructura cíclica de resolver la vida son los colores del paisaje frente a los que miro de interpretar la parte de ficción que me ha sido concedida. Esa sucesión de matices de luz resplandeciente son ahora de una tonalidad menguante y crepuscular y, dentro de poco, me obligarán a hacer el camino a tientas. A pesar de no haber cambiado ni una sola coma del guión que memorizo antes de marchar de casa, cada consecuencia que dirigen mis actos lleva injertada una evidencia de caducidad, adobada con un preocupante olor de podredumbre que deshace las expectativas que me desayuno cada mañana. Que agua la resolución con la que tenían que presentarse la novedad de las horas. Y en el hecho de que, a cada jornada concluida, no pueda inventariar ningún acontecimiento extraordinario, no hace otra cosa que afirmarme en la idea de que se da por finalizado mi contrato de ilusiones. Que todo he de esperarlo ya en franca decadencia.

lunes, 22 de octubre de 2012

Renuncia


Aunque lo mantengo en un absoluto y discreto silencio, hace tiempo que ejerzo de disidente de idealismos, de recién descreído ante cualquier afán de transcendencia, de dudador a tiempo completo de sabidurías sacralizadas. No te lo he dicho antes porque en el fondo me quedaba la esperanza de que pudieras enterarte sin necesidad de ir dejando pequeñas migas de pan en el camino de nuestras coincidencias. Pero parece que interpreto tan bien mi papel de resentido, de convaleciente de la rabia, que me he vuelto definitivamente invisible para tu imaginario decorado de oníricas dependencias. No he valorado la pérdida, ni el probable desequilibrio que sufrirán mis principios de opereta con esta decidida renuncia. Ya no me apetece reseguir el guión en este escenario de cartón piedra. Quiero que sepas que también practico el desafecto y por eso mismo me he dictado una orden de alejamiento que marque un espacio infinito entre tus resueltas maneras de acceder al día y mi falta de empatía en la corriente de los conectores de la existencia. Así me resultará más fácil deshacerme de todos y cada uno de los instantes con los que he ido amurallando la solidez del edificio a donde pretendía ocultar los milagros que recogía después de cada jornada. Perfectamente doblados y al fondo de la caja de la memoria encontrarás todo aquel cúmulo de propuestas de las que hablamos en alguna ocasión. Puedes coger la que más te convenga. No olvides cerrar las luces al salir. El gas no es necesario. Nunca ha habido calor que mantener en la estancia. 

sábado, 20 de octubre de 2012

Quiero vivir


Quiero vivir. Lo prometo. Aunque parezca una sencilla y simple declaración de principios. Una vaguedad sin cuerpo específico. Una obviedad de bordes deshilachados por el continuado e ininterrumpido uso de vestirme las formas. Pero no encuentro otro modo de decirlo. No se me ocurre otra manera de aprovechar este cuerpo que transporta un desasosiego extraño, antiguo. Una inercia que hace tiempo que cargo con el presentimiento de que es ajena a mis fuerzas menguantes. Y a pesar de ello, quiero vivir. Quiero envolver mis sentidos bajo la sábana de cada mañana y cada crepúsculo. Quiero disfrutar de cada roce que provoca mi tránsito por las calles y los días. Quiero encontrarle la medida a la fuerza que me permite gravitar sobre los acontecimientos en una atracción inevitable, para hacerme encajar en la lógica de las cosas que pasan, que ocurren sin argumento, sólo porque sí. Quiero deslocalizarme de todas las ingenuidades que me mueven a considerar la posibilidad de negar el azar que nos dispone, y correr por su surco irregular, inconsciente. Quiero encontrar tacto en las manos para devolverme la evidencia de la presencia que debo ser, más allá del espejo que me imagina. Te lo prometo. Quiero. Lo que pasa es que los días parecen tan bien dispuestos, el uno detrás del otro, sobre el manto de la tierra, y cada cosa tan previsible, tan encontrable, que me obliga a llevar constantemente un rostro donde parece que ya no crecen las señales del gozo. Sé que no puedes leerme siempre. Pero créeme si te digo que quiero vivir. ¿Qué podría hacer sino mientras tanto?