Lo único que ha cambiado insólitamente en mi
estructura cíclica de resolver la vida son los colores del paisaje frente a los
que miro de interpretar la parte de ficción que me ha sido concedida. Esa
sucesión de matices de luz resplandeciente son ahora de una tonalidad menguante
y crepuscular y, dentro de poco, me obligarán a hacer el camino a tientas. A
pesar de no haber cambiado ni una sola coma del guión que memorizo antes de
marchar de casa, cada consecuencia que dirigen mis actos lleva injertada una
evidencia de caducidad, adobada con un preocupante olor de podredumbre que deshace
las expectativas que me desayuno cada mañana. Que agua la resolución con la que
tenían que presentarse la novedad de las horas. Y en el hecho de que, a cada
jornada concluida, no pueda inventariar ningún acontecimiento extraordinario,
no hace otra cosa que afirmarme en la idea de que se da por finalizado mi
contrato de ilusiones. Que todo he de esperarlo ya en franca decadencia.