Escojo libros
de los estantes de mi biblioteca personal buscando el discurso exacto que ha
tomado mi inercia. Necesito palabras que rellenen el formulario que me entrega
este desconcertante abandono. Pero voy de una página a otra, infructuosamente,
mientras la luz del atardecer va desapareciendo desde la esfera superior del
tiempo. De conseguir suficiente concentración podría escuchar, incluso, el
sonido de la arena deslizándose entre la estrechez del vidrio del horizonte y
como sorbe, poco a poco, la claridad que va perdiendo la jornada.