Quiero vivir. Lo prometo. Aunque parezca una
sencilla y simple declaración de principios. Una vaguedad sin cuerpo
específico. Una obviedad de bordes deshilachados por el continuado e
ininterrumpido uso de vestirme las formas. Pero no encuentro otro modo de
decirlo. No se me ocurre otra manera de aprovechar este cuerpo que transporta
un desasosiego extraño, antiguo. Una inercia que hace tiempo que cargo con el
presentimiento de que es ajena a mis fuerzas menguantes. Y a pesar de ello,
quiero vivir. Quiero envolver mis sentidos bajo la sábana de cada mañana y cada
crepúsculo. Quiero disfrutar de cada roce que provoca mi tránsito por las
calles y los días. Quiero encontrarle la medida a la fuerza que me permite
gravitar sobre los acontecimientos en una atracción inevitable, para hacerme
encajar en la lógica de las cosas que pasan, que ocurren sin argumento, sólo
porque sí. Quiero deslocalizarme de todas las ingenuidades que me mueven a
considerar la posibilidad de negar el azar que nos dispone, y correr por su
surco irregular, inconsciente. Quiero encontrar tacto en las manos para
devolverme la evidencia de la presencia que debo ser, más allá del espejo que
me imagina. Te lo prometo. Quiero. Lo que pasa es que los días parecen tan bien
dispuestos, el uno detrás del otro, sobre el manto de la tierra, y cada cosa
tan previsible, tan encontrable, que me obliga a llevar constantemente un
rostro donde parece que ya no crecen las señales del gozo. Sé que no puedes
leerme siempre. Pero créeme si te digo que quiero vivir. ¿Qué podría hacer sino
mientras tanto?