Aunque lo mantengo en un absoluto y discreto
silencio, hace tiempo que ejerzo de disidente de idealismos, de recién
descreído ante cualquier afán de transcendencia, de dudador a tiempo completo
de sabidurías sacralizadas. No te lo he dicho antes porque en el fondo me
quedaba la esperanza de que pudieras enterarte sin necesidad de ir dejando
pequeñas migas de pan en el camino de nuestras coincidencias. Pero parece que
interpreto tan bien mi papel de resentido, de convaleciente de la rabia, que me
he vuelto definitivamente invisible para tu imaginario decorado de oníricas
dependencias. No he valorado la pérdida, ni el probable desequilibrio que
sufrirán mis principios de opereta con esta decidida renuncia. Ya no me apetece
reseguir el guión en este escenario de cartón piedra. Quiero que sepas que
también practico el desafecto y por eso mismo me he dictado una orden de
alejamiento que marque un espacio infinito entre tus resueltas maneras de
acceder al día y mi falta de empatía en la corriente de los conectores de la
existencia. Así me resultará más fácil deshacerme de todos y cada uno de los
instantes con los que he ido amurallando la solidez del edificio a donde
pretendía ocultar los milagros que recogía después de cada jornada.
Perfectamente doblados y al fondo de la caja de la memoria encontrarás todo
aquel cúmulo de propuestas de las que hablamos en alguna ocasión. Puedes coger
la que más te convenga. No olvides cerrar las luces al salir. El gas no es
necesario. Nunca ha habido calor que mantener en la estancia.